De lunes a viernes acompaña a la policía judicial. Él hace su trabajo y ellos el suyo: él viola las cerraduras de morosos, de impagados y ellos embargan trastos, recuerdos; él envenena los hígados de las puertas y ellos hacen inventario de taburetes, de calendarios; él desgaja los picaportes de deudores hipotecarios, de insumisos fiscales, mientras ellos fuman y sonríen.

Habilidad adquirida por largos asedios en las trincheras de las hormonas, por intentar ver lo que escondías bajo tu blusa. Destreza obtenida en las eternas tardes de escarbar el secreto que guardabas en tu sujetador, de embarcarse en llegar hasta la esquina íntima que sólo se distingue al norte de tus faldas, parapetada y protegida por cremalleras, por botones, por imperdibles, por hebillas, por alfileres sin cabeza, por corchetes, por falsos cierres, por velcro de doble cara. Conoció trucos de modista para empezar a desabrochar por donde no era, aprendió engaños de costurera para asustar a los pespuntes y dejar paso a sus manos, inventó caminos entre los hilos para acortar la distancia entre su deseo y tu negativa.
Al final, antes de lograrlo, te fuiste con un príncipe azul (teñido de rubio), que te hablaba en inglés con acento taíno, que te prometió las dos Bajas Californias, que llamaba brother a los bandidos, que olía a desodorante de alumbre. Y le dejaste beberse tus tetas, y le dejaste comerse tu intacto rinconcito, la madrugada después de desecharte en una cama multiusos, como a las gatas escarmentadas del mercado de abastos.
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