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lunedì 28 marzo 2011

HIDROPHOBIA


Solamente unos cuantos detalles con importancia han sido capaces de disolver el mito de la hidrofobia de los gatos. En verano las azoteas de Batán asisten silenciosas a un éxodo felino cada tarde, justo cuando el sol empieza a dorar los tejados a tres aguas de la Plaza de Oriente. Docenas de gatos cruzan nerviosos el puente de la calle Segovia, esquivando y evitando al mismísimo Satanás, que les espera ávido e incandescente en el otro extremo.

Avanzan todos decididos hacia el centro de la ciudad, se cuelan zigzagueantes por los intramuros calizos de la catedral de la Almudena, se pierden y se encuentran por los pasadizos secretos del Palacio Real, se reagrupan en las orillas de los jardines de Sabatini, mimetizados entre los arbustos perennes. Allí esperan con paciencia la media noche, cuando las grietas examinadas ponen precio a furtivos y a exploradores, desorientados por las tangentes de la Gran Vía.

Es entonces cuando los felinos callejeros se delatan ellos mismos, salen disparados de sus refugios a bañarse en las fuentes de la Plaza de España, salpican en los estanques, juegan a crear nubes de espuma con el batir incesante de su cola sobre el agua, chapotean y se refrescan bajo los surtidores, porque sólo los gatos de Madrid saben que el agua de las fuentes, a la luz de la luna, es como el néctar de lluvia, breve, intenso, eléctrico, escandaloso, directo, acido, dulce. Como Rita Hayworth quitándose el guante izquierdo lentamente, una y mil veces en cada gota de agua.

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giovedì 25 febbraio 2010

FREDI & BLUE


Se tropezaron sus miradas en una esquina de Malasaña. Él hacía el semáforo con sus juegos de bolas y sus chanclas de invierno en el mes de Abril, ella arrastraba su indiferencia con las manos en los bolsillos de unos viejos jeans DKNY. Mas tarde coincidieron en la escuela de circo, él intentando saltar desde el cielo sin red, ella aprendiendo a volar por los trapecios aburrida de caminar por el suelo. Cruzaron algunas palabras en los descansos.

Ella, francesa, con su español de turista que confunde o ignora el género y el tiempo de los substantivos. Él, guate de Centroamérica, con su español antiguo y regenerado en barrios de peruchos, guachos y bolitas. Esa noche pasearon por la capital de un imperio en que antaño, dice la leyenda, no se ponía nunca el sol, ahora la niebla sucia y pesada de las mañanas hace difícil verlo. Madrid ya no es lo mismo en el siglo XXI que en los tiempos católicos de reyes castellanos.

Ella, la hija parisina y rebelde de un padre rancio y omnipresente. Él, príncipe sucesor de los extintos garífonas. Ella, inquieta e indisciplinada como las traviesas olas del mediterráneo. Él, suave y rumoroso como los lagos tabaqueros del Petén. A mí se me esta haciendo eterno este invierno, con esas décimas de segundo que han añadido los geofísicos estelares para corregir el retraso que padece el planeta por su obesidad y sobrepeso, y a ellos parece que se les va la vida en cada instante que no pueden verse.

A los dos les hubiera gustado ser pájaros. Él para escapar del fondo del mundo, ella para encontrar el principio de la vida. Les gustaría mirar a la gente desde las alturas, a él le encantaría volar por encima de los ríos americanos y descubrir nuevas tribus de güeros entre los volcanes de Izabal, a ella le seduciría la idea de ser una gaviota parda de Normandía y esconderse en los acantilados del sur en la época de lluvias, pero la puta vida les ha hecho tener las espaldas desnudas de alas y ahí andan, engañando al sentido común. Por eso él mira el mundo desde unos inestables zancos o desde un monociclo serpenteante, y ella salta por los columpios y los rieles de Europa, sintiendo la sensación de planear por encima de las cabezas de la gente durante unos instantes, el momento necesario para creerse incorpóreos, pero sin olvidar la condición de persona.

Ella huele a peligro. El huele a prohibido.



 
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